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La altura no es chamuyo

La pasada noche Argentina jugó en La Paz para enfrentarse con Bolivia. Perdió 6-1. Lo hizo en el estadio Hernando Siles, a 3.600 metros de altitud. ¿Les habrá pasado factura la altura? El ex capitán de la selección albiceleste, Juan Pablo Sorin, relata cómo es la sensación de jugar en altura.

06/02/2005

No hay aire. No lo encontrás por más que infles el pecho, abras la boca e inhales con fuerza. Tampoco las ideas son claras y las piernas no responden a las órdenes del cerebro fatigado. Ése es el mito de la altura. Eso significa jugar en La Paz, Bolivia, a 3.600 metros a nivel del mar. La sensación se resume en una sola palabra: impotencia. 


Estás siempre en desventaja, extraño y limitado. Por lo tanto, mejor cerrar el pico y prepararse mentalmente para sufrir en un partido que se sabe de antemano será distinto


Cuando disputamos eliminatorias sudamericanas allí, los contrarios son más rápidos, mucho más rápidos, parecen aviones y la resistencia a la falta de oxígeno es netamente superior para quien nació en esas tierras. Te sentís un veterano o con 20 kilos de más y la desesperación crece al percibir los gestos de esfuerzo en las caras de tus compañeros. Algunos dicen que es antihumano, que se deben utilizar respiradores artificiales, masticar hojas de coca o aterrizar y llegar justo antes del inicio del partido. Puro chamuyo1 . Estás siempre en desventaja, extraño y limitado. Por lo tanto, mejor cerrar el pico y prepararse mentalmente para sufrir en un partido que se sabe de antemano será distinto. Y no porque Bolivia, con todo el respeto que merece, sea una potencia o una selección mediocre cuando no se presenta de local, sino por las circunstancias extrafutbolísticas. A ese clima que te apuna, que te hace subir las pulsaciones con sólo subir unas escaleras caminando.

La pelota no sólo no dobla con la comba, sino que sale como una bala. Cada vez que pica parece un balón playero que se les escapa a sus dueños. ¿Es el viento? ¿Es la cercanía con el cielo? ¿Hay que ser superhéroe para imponerse en ese terreno? No lo sé, lo único que aseguro es que la pasás mal cuando suena el silbato y tu cuerpo parece dividirse en dos: las ganas y el amor propio; y el ridículo que significa no llegar, ¡eso!, nunca llegar lúcido.


Fue, sin dudas, la montonera3 humana en el tercer festejo, las respiraciones a tope, y el grito de todos juntos tirados en medio del silencio del estadio. Agotados, ahogados y sin resto ya, pero felices. 

El último enfrentamiento contra Bolivia rumbo a Japón Corea 2002  fue horrible para Argentina. No podíamos presionar, nuestro fuerte, ni tampoco desplegar algo de volumen futbolístico, ¡bah! Tocar un poco la bocha2. Perdíamos 2 a 1 y cuando los bolivianos hicieron el tercero, ellos mismos fueron a buscar la pelota del fondo de la red. La llevaron apurados hacia la mitad de la cancha y oí claramente la convicción del que dijo “vamos, vamos que les hacemos cinco”. Repito, perdíamos, faltaban diez minutos y nuestro arquero era figura.  Ni siquiera el argentino más optimista podía prever lo que sucedió.  No había  botellitas de agua que hidratasen el cansancio ni remedios tácticos palpables. Creo que fue un mezcla de fuego sagrado, de corazón y técnica. La cuestión es que logramos la hazaña (ya sea por el marco o porque se venía la hecatombe). Empatamos sobre la hora y ese punto simbólico fue sinónimo de fortaleza. Pero el momento más bonito y emocionante de aquella tarde no fueron ni los goles ni una volada espectacular del arquero. Fue, sin dudas, la montonera3 humana en el tercer festejo, las respiraciones a tope, y el grito de todos juntos tirados en medio del silencio del estadio. Agotados, ahogados y sin resto ya, pero felices. El presidente de Bolivia, Evo Morales, golpea un balón en la montaña para defender ante la FIFA el fútbol en altura

Estábamos unidos. Nos sentíamos imbatibles. Y podíamos superar cualquier obstáculo en ese estado. Habíamos burlado las dificultades con huevos y con una solidez grupal donde también rebotaban las críticas sensacionalistas . Íbamos firmes. Embarcados sin especulaciones hacia un objetivo que, en ese atardecer paceño, distinguimos más cercano que nunca.

El regreso a Buenos Aires fue tranquilo. El avión chárter hizo un par de escalas que si hubiésemos perdido habrían sido fatales y fastidiosas. Nos tomamos unos mates, jugamos al truco y disfrutamos de los últimos instantes de ese ambiente maravilloso y privilegiado que significa formar parte de la selección argentina.

Las luces cuadradas de la capital, el anuncio de Ezeiza en los altavoces, de vuelta a casa... con altura.


1 Chamuyo: Lunfardo argentino. No me chamuyes; no me vendas un buzón. Chamuyarse una minita: parlársela, levantársela con la labia. Chamuyero: dícese del político que detrás de su discurso esconde sus verdaderas intenciones.

2 Tocar la bocha: posesión del balón (diplomático). En la altura, intentar respirar con la pelota en los pies. Si se hacen más de cinco pases, zafás un rato del ahogo.

3 Montonera: avalancha de cuerpos, uno encima de otro. Utilizada para castigar o conmemorar al de abajo.





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